En los primeros meses de la pandemia, muchas personas se dieron cuenta de algo inesperado: sus medicamentos habituales desaparecieron de las farmacias. Insulina, antibióticos, medicamentos para la presión arterial, incluso fármacos para enfermedades crónicas como la diabetes o el hipotiroidismo se volvieron difíciles de encontrar. No fue un problema aislado. Fue el resultado de una cadena de fallas globales que nadie había anticipado. El COVID-19 no solo afectó los pulmones, también rompió la red que lleva los medicamentos desde los laboratorios hasta las mesas de los pacientes.
La crisis de los medicamentos esenciales
Entre febrero y abril de 2020, casi uno de cada tres informes de problemas en la cadena de suministro farmacéutico terminó en una escasez real de medicamentos. Algunos fármacos perdieron más del 33% de su disponibilidad. Esto no fue casualidad. La producción de ingredientes activos para medicamentos depende en gran medida de fábricas en China e India. Cuando esos países cerraron fábricas o restringieron exportaciones por el virus, la producción se paralizó. Las farmacias en Estados Unidos, Europa y América Latina se quedaron sin existencias. Algunos hospitales tuvieron que reemplazar medicamentos críticos como el propofol, usado en anestesia, o la midazolam, necesaria para sedar pacientes graves con COVID-19. En muchos casos, no había alternativas viables.Lo peor fue que esto no afectó solo a medicamentos de marca. Los genéricos, que son más baratos y representan la mayoría de los fármacos que toman las personas, fueron los más golpeados. Porque sus fabricantes operan con márgenes ajustados y no tienen reservas. Cuando un proveedor falla, no hay respaldo. La FDA empezó a actuar después de mayo de 2020: aumentó la comunicación con productores, aceleró inspecciones y priorizó la aprobación de nuevos proveedores. Con eso, las escaseces empezaron a bajar. Pero no desaparecieron. Hoy, años después, aún hay medicamentos que se vuelven raros sin aviso.
El lado oscuro: el mercado ilegal y las sobredosis
Mientras los medicamentos legales se volvían escasos, el mercado ilegal se volvió más peligroso. Con las fronteras cerradas y las rutas de tráfico interrumpidas, los traficantes no pudieron traer cocaína o heroína como antes. En lugar de desaparecer, el mercado se adaptó. Y lo hizo de forma mortal: comenzaron a mezclar las drogas con fentanilo, un opioide 50 a 100 veces más potente que la heroína. No era para mejorar la experiencia. Era para hacer más dinero con menos material.Los usuarios no lo sabían. Muchos compraban lo mismo de siempre, pero ahora una dosis que antes era segura podía parar la respiración. En los 12 meses entre mayo de 2020 y abril de 2021, hubo casi 98,000 muertes por sobredosis en Estados Unidos. Eso fue un 31% más que el año anterior. En estados como Virginia Occidental, Tennessee o Luisiana, los aumentos superaron el 50%. No fue un aumento por más droga. Fue por droga más fuerte y más impredecible.
La pandemia también eliminó los espacios de seguridad. Los programas de intercambio de jeringas, los centros de consumo supervisado y las reuniones de apoyo en persona se cerraron. Personas que estaban en recuperación perdieron su red de apoyo. Algunos volvieron a usar drogas sin tener el mismo nivel de protección. Otros, por miedo a ser juzgados o arrestados, evitaron buscar ayuda incluso cuando se sentían mal.
Telemedicina: una solución con dos caras
En medio del caos, algo inesperado ocurrió: la telemedicina se expandió como nunca. Por primera vez, los médicos pudieron recetar buprenorfina (un medicamento para tratar la adicción a opioides) por videollamada. Antes del COVID-19, solo el 13% de estas recetas se hacían así. En abril de 2020, ese número subió al 95%. Para muchas personas, especialmente en zonas rurales, esto fue un salvavidas. Ya no tenían que viajar horas para ver a un especialista. Podían recibir tratamiento desde su casa.Pero no todos pudieron aprovecharlo. Los adultos mayores, las personas sin internet estable o sin un smartphone no podían acceder. Algunos centros de tratamiento reportaron que el 67% de sus servicios se vieron interrumpidos. Las reuniones de Narcóticos Anónimos, que antes se hacían en iglesias o centros comunitarios, se movieron a Zoom. Muchos dejaron de asistir. La pérdida de ese contacto humano fue profunda. Un estudio mostró que el uso de servicios de salud conductual cayó un 75% entre quienes tenían seguro privado. La telemedicina ayudó, pero no reemplazó lo que perdieron.
La desigualdad se profundizó
Quien tenía recursos, pudo encontrar medicamentos. Quien no, tuvo que esperar, racionar o buscar en la calle. Las comunidades de bajos ingresos, las minorías étnicas y las personas sin seguro fueron las más afectadas. Mientras algunos podían pagar por envíos express o medicamentos alternativos, otros tuvieron que elegir entre comprar comida o comprar su insulina. Las farmacias en barrios pobres cerraron o redujeron horarios. Las cadenas de suministro no se rompieron por igual. Se rompieron donde ya estaban débiles.La pandemia no creó estas desigualdades. Las expuso. Y las empeoró. Los expertos de la NIDA y la SAMHSA lo dicen claro: las personas con adicción ya tenían menos acceso a atención médica, vivían en condiciones más precarias y enfrentaban más estigma. El COVID-19 no hizo más que intensificarlo.
¿Qué ha cambiado desde entonces?
Las escaseces de medicamentos legales volvieron a niveles cercanos a los de antes de la pandemia. Pero el riesgo sigue. Las fábricas siguen concentradas en pocos países. Las empresas siguen priorizando ganancias sobre reservas. En 2023, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley para exigir más transparencia en la cadena de suministro. Es un paso, pero no es suficiente.En cambio, las sobredosis no han cesado. En 2022, murieron más de 107,000 personas por sobredosis en Estados Unidos. El fentanilo sigue dominando el mercado ilegal. Las nuevas olas de drogas sintéticas como el nitazeno están apareciendo. Los programas de prevención, como la distribución de naloxona (el antídoto contra sobredosis), se expandieron. En Boston, se distribuyeron un 30% más de kits en 2020 que en 2019. Pero eso no detiene la ola.
La lección no es que la pandemia fue un desastre temporal. Es que la infraestructura de salud y las políticas de drogas estaban rotas antes del virus. El COVID-19 solo las hizo estallar.
Lo que sigue
Hoy, los expertos advierten que los efectos de la pandemia en la salud mental y el uso de sustancias no han terminado. Muchas personas aún no han buscado tratamiento. Los niños que crecieron durante el confinamiento tienen mayores riesgos de adicción en el futuro. Los sistemas de salud aún no están preparados para manejar la carga acumulada.La solución no está solo en más medicamentos o más policías. Está en reconstruir redes de apoyo, garantizar acceso universal a la salud mental, y hacer que la producción de medicamentos sea más resistente. Sin eso, la próxima crisis no será solo de salud. Será también de humanidad.
Vanessa Ospina
Me conmovió mucho leer esto. En mi ciudad, una amiga con diabetes tuvo que racionar su insulina durante semanas. No era por descuido, era por desesperación. Nadie le dijo qué hacer, y las farmacias solo le decían 'vuelva mañana'. Eso no es sistema, es crueldad disfrazada de burocracia.
La telemedicina ayudó, pero no para todos. Mi abuela no sabía usar el celular, y murió sin poder renovar su receta. No fue COVID lo que la mató. Fue la indiferencia.